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La doble cara del ‘Fast Fashion’ / Double-face of ‘Fast Fashion’

Primero ‘fast food’ y ahora fast fashion’. El consumismo y el ritmo vertigionoso de la sociedad hacen que la moda también haya sucumbido a la tendencia de ir más rápido que la propia idea. En origen, la propuesta da paso a la tendencia, ésta a la necesidad o anhelo del comprador, y más tarde, después de haber sopesado las posibilidades, da paso a la compra.

Pero en la ‘moda rápida’ se omiten todo estos pasos intermedios, la tendencia da paso, directamente, a la ropa en el escaparate. Ya no hay tiempo de asimilación, ni de reflexión.

 

Aparentemente, todo es una ventaja. Más rapidez y menos precio. Somos capaces de llevar puesta la última tendencia de las Fashion Weeks más importantes del mundo en tiempo record. Y todo esto a un precio ínfimo comparado con el de las grandes firmas. De esta forma, el consumidor renueva su vestuario constantemente.

 

Ahora bien, no todo son ventajas. Las tendencias cambian a velocidades inalcanzables, lo que hace que los consumidores se deshagan de ropa constantemente fomentando un sistema de compra compulsiva y la sobreproducción de prendas.

La calidad de las esta prendas tampoco es la mejor, por lo que podríamos decir que se trata de ‘ropa desechable’, fabricada para un número de usos concretos.

 

El líder de este mercado es la marca española más internacional, Zara, seguida de cerca por TopShop, H&M y Mango, entre otras.

Aunque no sólo es la velocidad de las tendencias y el bajo coste de las prendas lo que hace que este movimiento sea tan agresivo. También es importante el juego psicológico que las firmas practican.

Sus colecciones son breves en tiempo y en producto. Si ves algo, lo compras, ya que puede que mañana desaparezca de la tienda, lo que genera ansiedad y provoca esa falta de reflexión propia de este fenómeno del ‘fast fashion’.

 

Nos importa más la cantidad que la calidad, preferimos poseer diez prendas low-cost a la última que ahorrar y esperar lo suficiente como para adquirir una pieza de un gran diseñador o firma. El afán de consumo está más que inmerso en nuestra sociedad, y, por supuesto, en la moda.

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First ‘fast food’ and now ‘fast fashion’. The consumerism and vertiginous beat of the society have made fashion succumb to the tendency of going much faster than the own idea. Originally, the proposal gives way to the trend, this one to the need or the desire of the buyer, and, after having weighed the possibilities, gives way to the purchase.

But in the ‘fast fashion’ all these intermediate steps are omited, the trend gives direct way to the clothes in the shop window. There is no more time of assimilation or thought.

 

Apparently, everything is an advantage. Higher speed and smaller price. We are capable of wearing the last world’s most important Fashion Weeks’ trend in record time. And all of this with a much cheaper price than the great fashion companies’. This way, the buyer changes his wardrobe constantly.

 

Now then, there are not only advantages. The trends change so quickly that the consumers get rid of lots of clothes, promoting a compulsive purchase system and the overproduction of garments.

These garments’ quality is not the best, so we can say that it is about ‘thrown-away clothes’, produced for an specific number of uses.

 

The leader of this market is the most international spanish brand, Zara, followed close up by TopShop, H&M and Mango, among other brands.

But it is not only the speed of the trends and the low cost of the garments which make this movement so aggressive. We also have to take into account the psychological game the brands play.

Their collections are brief in time and also in product. If you like something, you buy it, since tomorrow it would may have dissapeared, which generates anxiety and provokes that typical lack of though for this ‘fast fashion’ phenomenon.

 

We care the most about quantity, we’d rather to buy ten low-cost garments up to the minute than having to save the enough money to be able to acquire one garment of a great designer or brand. The thirst for consumption is immersed in our society, and, of course, in the fashion world.